Mostrando las entradas con la etiqueta Niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Niños. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de mayo de 2015

Niños, Libros y Lecturas. Alejandro Dolina.




(En: Alejandro Dolina, Crónicas del Ángel Gris, Buenos Aires, Colihue, 1996)
 
Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.
Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.
Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el Imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.
Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.
A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.
Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle , creaciones todas que poco tienen de infantiles.
Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con más placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste , que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas.
Así, menos en forma de teoría que de sospecha, postulo que un libro que entretiene a un chico debe ser capaz de hacerlo con un adulto. Desde luego, la admiración no sirve en el orden inverso: toda obra necesita una información previa por parte del lector para ser comprendida. El cuento El inmortal, de Jorge Luis Borges, resultaría incomprensible -o insulso- para quien desconociera la existencia de Homero.
La medición de un hexámetro exige saber latín. Presiento, sin embargo, que miles de cuentos y novelas pueden ser leídos sin penuria por los chicos y sin aburrimiento por los mayores. Los ejemplos son tan contundentes que me avergüenzan: La Isla del Tesoro , los cuentos de Oscar Wilde, Las Mil y una Noches, las maravillas y horrores de la mitología clásica.
Frente a estas obras, los coloridos volúmenes de las colecciones infantiles resultan bastante insípidos.
A veces me palpito que muchos de estos textos son estropeados por la intención edificante. Alguien me dijo una vez que en verdad ocurre lo contrario: la torpeza literaria desacredita la moraleja.
Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores, sentía horror por las novelas protagonizadas por niños. Sostenía que sus comportamientos eran poco racionales, o lo que es peor, poco artísticos. Recomendaba insuflar a los pequeños personajes la mayor gravedad, pues entendía que los chicos son generalmente serios y aborrecían la socarronería.
Mandeb creía que el amor a los niños era una virtud literaria capaz de redimir cualquier defecto.
- El cariñoso esfuerzo conmueve a los pibes aunque no lo confiesen -decía.
Me parece que el hombre de Flores adivinó una gran verdad.
Cuando era chico yo sentía una emoción deliciosamente triste ante las calesitas, los circos y los caleidoscopios. No me gustaban, no me divertían. Pero me hacían sentir una inmensa piedad por aquellas gentes, más inocentes que yo, que trataban de agradarme con ingenio modesto. De entre mis juguetes infantiles recuerdo una cimitarra de madera que me trajo mi padre. Mis juegos no incluían las gestas sarracenas, de modo que no pude sacarle mayor provecho. Pero allí estaba el amor del hombre aquel que tal vez no me comprendía.
Por eso creo en el criterio de Mandeb. El amor de un poeta puede ser más eficaz que un buen argumento.
Más tarde he reconocido aquellos sentimientos de la niñez al recibir algún regalo demasiado humilde.
En los años dorados, un grupo de maestros melancólicos del barrio del Ángel Gris preparó un libro de lectura escolar diferente de todos.
Su título fue Tempranos Desengaños.
Contaba con textos de Manuel Mandeb y Jorge Allen, la docente Etelia C. de Doth y otros oscuros literatos del barrio. También se procuró hacer creer que escribían algunos niños, cosa que nadie llegó a admitir jamás.
Muchos educadores han dicho que Tempranos Desengaños carecía de propósitos aleccionadores. Nada más falso. En muchas de sus páginas se promueve la admiración de ciertas conductas. Sucede -eso sí- que tales conductas son precisamente aquellas que repudian los libros infantiles convencionales. Se enaltece la inasistencia a clase, se desprecia la aplicación, se duda de la higiene y se festejan los desórdenes.
Hay cuentos, poesías, notas y canciones, entre las que sorprende encontrar la milonga Cobráte y dame el vuelto.
Vamos a transcribir algunos textos.
 
 
 LOS DEBERES DE PEDRO

Pedro se sienta en los últimos bancos del aula, como corresponde a un chico que desdeña la educación y la vecindad de los poderosos. Las conspiraciones y los batifondos nunca lo hallan ajeno. Busca el riesgo de las transgresiones y la compañía de los más beligerantes. A veces lo tientan el estudio y la inteligencia.
Entonces, como quien acepta un desafío, como una compadrada, resuelve arduos problemas de regla de tres y cumple los dictados sin tropiezos.
Un día, la maestra le acaricia el pelo tiernamente. El piensa:
- Ay señorita... Si supiera como me gustaría regalarle una flor y darle un beso.
Pero Pedro sabe quién es y conoce su deber y su destino. Con una gambeta se aleja del afecto inoportuno y va a buscar la gloria allá en el fondo, donde los malandras se empeñan revoleando los tinteros para que se cumpla mejor el divino propósito del Universo.
 
 
LOS NIÑOS PRECOCES (por Manuel Mandeb)

Algunos chicos dan frutos tempranos, no lo niego.
Sus padres se enorgullecen y los exhiben entre sus familiares y conocidos, cuando no en el cine o la televisión.
Me atrevo a pensar -sin embargo- que no toda precocidad es auspiciosa.
Empecemos por decir que existen adultos bondadosos, agudos, valerosos o geniales. Y que también los hay mediocres, hipócritas, pomposos y canallas.
El niño precoz recibe la visita anticipada de ciertos rasgos de la adultez. Algunos tocan el piano como expertos profesionales, otros aprenden lenguas, dibujan o poseen la ciencia.
Pero hay chicos cuya precocidad consiste en adquirir antes de tiempo el tono vacío y protocolar de las conversaciones de sala de espera, y aprenden a los seis años la filosofía de los tontos satisfechos.
"Así anda el mundo, Doña Juana..." "Qué se gana discutiendo, Don José..."
"Hablando se entiende la gente, Carlitos..."
También repiten el lenguaje de las revistas y hacen suyas las respuestas de los reportajes más vulgares.
Por cierto, mucha gente cree que ésa es la sabiduría, y yo digo que más sabios son los pibes indoctos que observan con repugnancia los diálogos de los parientes bien educados.
Ojalá surjan muchos niños prodigio que se apropien del genio con impaciencia.
Pero para ser un papanatas, me parece que no hay apuro. 

 
EL NIÑO QUE FUE A MENOS
Resultado de imagen para niños en la escuelaSilencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
- Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
- Núñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar.
De pronto, la maestra lo mira.
- Frezza. Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
- No lo sé.
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
- ¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.
Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.
 
 
UNA PELEA

Me empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida investigación quedé frente a frente con Carlos.
- ¿Qué empujás?
Se formó una rueda. Alguien gritó:
- Fajálo...
Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo.
Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí. Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
- Dale... ¿O le tenés miedo?
Entonces le acomodé una piña y ahora ya sé que soy cobarde.



Tempranos Desengaños no fue aprobado por las autoridades escolares.
Puede afirmarse que pocos chicos lo leyeron.
Sin embargo, como si alguien les impartiera preceptos secretos, aún hoy, en el tiempo de Los Refutadores de Leyendas, hay niños que se siguen sentando en los últimos bancos y también hay hombres que lejos ya de la escuela se apartan de las ventajas y de las oportunidades fáciles.
A esos, a los del Fondo, a los que pudiendo sentarse en el primer banco lo rechazan, a los que no figuran como ejemplos en los libros de lectura, a los espíritus lunares, a los alumnos de coraje y honor que -según presiento- no leen obras como esta, a todos ellos -tardíamente- los abrazo ahora, cuando ya no me lo impiden las mezquindades que cargué en mi niñez.
 
----- ----- 0 ----- -----

Selección de textos:  Héctor José Borrazás


viernes, 1 de mayo de 2015

El niño, el escritor y la literatura

Leo en voz alta mis textos hasta sentirles la música del humor, del amor, del suspenso y de la poesía

imageRotate
ROSARIO ANZOLA |  EL UNIVERSAL
jueves 30 de abril de 2015  12:00 AM
Quienes nos dedicamos a la literatura infantil compartimos el terreno con algunos escritores que en su intención de hacer literatura para niños recurren a diminutivos y a palabras almibaradas que hacen sucumbir todo acierto literario y todo respeto a la capacidad humana. Compartimos el patio con escritores que basan su discurso en un didactismo moralizante que ahuyenta al más aguerrido lector. Compartimos "la palabra sincera" como dice Martí, con escritores que sí han hecho espacio en su obra para dedicarla a la infancia y compartimos el camino con autores que han escrito textos plenos de un encanto natural que logra hechizar a la infancia y al adulto que conserva su niño interior. Por ejemplo, Juan Ramón Jiménez con su Platero, o Lorca con la gracia de su palabra cantarina o Adriano González León con "El viejo y los leones", extraído de su novela "Viejo", o Eugenio Montejo -pícaramente enmascarado en Eduardo Polo-, o Salvador Garmendia, con las deliciosas confesiones de sus recuerdos de infancia y juventud. Podría seguir citando casos, pero no es el caso... Y en Venezuela, la lista de buenos autores es esplendorosamente larga.

El verdadero caso es que lenguaje del texto literario infantil es, en definitiva, literatura y punto, porque posee la majestuosa polivalencia del arte. Claro está, es un discurso que exige condiciones para entregarlo al destinatario. En una ocasión preguntaron al maestro Jesús Rosas Marcano por qué todos los textos no eran aptos para los niños. Presencié su respuesta, sencilla y profunda como el poeta: "Siendo el chocolate muy sabroso, si se le da a un bebé se disuelve sólo una migajita en mucha leche, si es un niño de pocos años, se disuelve un poco más de chocolate en un poco menos de leche, si se trata de un niño más grande se le da más chocolate en menos leche, si es un adolescente puede dársele un batido de chocolate bien cargado y si es un adulto, puede comerse la barra de chocolate entera".

A veces, el autor parte de sus vivencias, como lo hace en todos los intentos de creación. Para estas ocasiones se sumerge y bucea en el mar de las nostalgias, donde los recuerdos estructuran poesía y narración, y de esta manera establece una conexión natural con los niños que lo leen. El abuelo tal, o la tía cual, o el amiguito equis, o aquella mascota, o los recreos de la escuela, todo es materia para compartir con otros niños las peripecias de la niñez. Y si no, pregúntenle a Armando José Sequera, uno de nuestros escritores más fecundos en la materia.

Niño interno

Para el creador de literatura infantil le resulta cotidiano hacer contacto con su niño eterno, interpretando como re-creación el re-descubrimiento permanente que caracteriza las condiciones sine quae non del mundo infantil: el asombro, el surrealismo y la verdad. Es por ello que el escritor que tenga la disposición y la humildad para convertir a los niños en sus maestros creativos encontrará las evidencias y las claves de una literatura vital y auténtica.

Para los niños las palabras encierran y despliegan matices mágicos, por lo que siempre está presente un "abracadabra" capaz de abrir puertas, ventanas y sueños. Alejandro, un pequeño de 4 años me confió con alegre complicidad: descubrí que el sol tiene un sombrero de rayos de candela. De noche se lo quita y se convierte en luna.

El juego también es ritual mágico y de eso se alimenta la literatura. Evitar la raya de la acera permite esquivar un sortilegio, conversar con las cosas -animadas o no, presentes o ausentes- permite infundirles alma. Es así como una piedra del jardín se convierte en avión y cuando el brazo del niño describe el arco que le da vuelo, es el niño quien vuela dentro del aparato. Esa es la maravilla de redescubrir continuamente el universo en compañía de niños, llámense hijos, nietos, sobrinos, alumnos... ¿Por qué tiene tanta agua el mar? ¿Por qué suena el relojito de mi corazón? ¿Quién le prende la luz al sol?

Establecer resonancias con los procesos que llevan a los niños a explicarse a través de comparaciones que dan paso a símiles y metáforas puras, permite -a quienes escribimos para ellos- acercarnos a los secretos que poseen para narrar sus cuentos con todo el cuerpo y para expresar sus sentimientos con toda el alma. En una oportunidad me dispuse a leer mi más reciente cuento a una sobrina, cuando iba por la mitad me detuvo y me conminó: Échamelo sin libro en mano. Ahí supe que al cuento le faltaba oralidad y lo reescribí. Desde entonces leo en voz alta, una y otra vez, mis textos hasta sentirles la música del humor, del amor, del suspenso y de la poesía. Me enorgullece proclamar que los niños me han enseñado muchas cosas para poder escribir cuentos, poemas y canciones, pero lo mejor que me han enseñado es que la condición de niño es infinita y universal.



                           

                                       

martes, 28 de abril de 2015

TARDE DE CATEQUESIS PARA NIÑOS...


  1. Patricia de Almoño
  1. CATEQUISTAS! AGENTES DE PASTORAL! ESTE JUEVES 30 DE ABRIL, LOS AUTORES DE ELEGIDOS I Y II y CRECEMOS JUNTOS, TE INVITAN A LA FERIA DEL LIBRO EN LA RURAL. TARDE DE CATEQUESIS PARA NIÑOS... APROVECHÁ LA TARJETA DE EDITORIAL SANTA MARÍA Y HACÉ TU COMPRA CON UN 25% DE DESCUENTO. NO TE LO PIERDAS!